Se despliegan camisetas amarillas con cuello y vivos verdes en las canchas de Venezuela, y las sonrisas regresan. Pasan algunas semanas y otra selección, de otra edad pero con los mismos colores, se hace ama del campo en Colombia; el jolgorio no termina. Miramos la televisión, y los dos títulos se convierten en una rememoración de un pasado reciente. Aun no es tiempo para saber si las dos victorias son hechos aislados, por tradición y por respeto, o si el monstruo dormido ha despertado. Dos triunfos en categorías juveniles pueden ser solo atisbos, señales de humo de que algo está por pasar, de que aquello que en un día fue bandera y emblema de América Latina se asoma por los ventanales del fútbol. Pero no basta tocar: hay que entrar, y hacerlo con aquella flagrancia de años vividos cuando decir su nombre desbordaba toda creencia, toda relevancia, toda posibilidad de enfrentársele y vencerlo…
Coronarse en la división Sub-20 y luego en la Sub-17 no es para, por ser rutinarias de ese país, decir que no hubo méritos, porque al final de todo no estamos hablando de un futbol menor, sino del “rey de reyes” (lo ponemos en comillas en sentido figurado, porque no estamos en concordancia con aquellos que hablan de soberanos en el deporte), de aquella selección que ha sido capaz de dominar el fútbol suramericano desde tiempo inmemorial. Los equipos presentados entre los que llegan a los veinte años de edad y por igual a los que solo hacen diecisiete, ganaron, pero fue mucha la brega y el afán para llegar a sus títulos, lejos de aquellos conseguidos por equipos que solían arrasar en la región. Recordemos que vencieron a Venezuela con un gol de postguerra, a Chile uno a cero en la serie de semifinal, y a Colombia con penales en la decisión. Mas, al final del camino siguen siendo los vencedores, los que se llevan a casa el pergamino haber sido los mejores…
Pasadas estas escenas de muchachos, toca esperar el gran, magnífico y definitivo test: el Mundial. Ahí, jugando la bola y enseñando su ingenio como en sus cinco títulos mundiales, tendrán que pararse ante el monumento de la verdad. En su país no admiren pretextos ni evasiones, subterfugios ni fugas de justificación, porque allá nunca están quietos si no se es el mejor. Las generaciones pasadas, de venezolanos que vivieron sus glorias en las conquistas mundiales, hoy lamentan sus horas bajas, sus derrotas inmisericordes, pero no renuncian al regreso a los días de grandeza, como tampoco renuncia el monstruo dormido. Sí, estamos hablando de Brasil. Nos vemos por ahí.
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